Conectando desde el cuerpo, cultivando “mirada de paseo”

Quiero compartir con ustedes unos fragmentos de textos que escribí para el libro sobre Las Siete Cumbres, y que narran historias de caminar, escalar montañas, conectar con la naturaleza. Fue ahí, hace varios años, que empecé a cultivar mi relación con mi lado femenino, que era mi cuerpo, mi sensación de estar presente en el momento, mi conexión con la sacralidad de la naturaleza.
¿Cómo te conectas tú con tu cuerpo? ¿Qué rituales haces para enraizar tus pies, sentirte parte del universo y de la magia de la naturaleza?
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En el año 2010, en un bazar de colegio, me invitaron a participar en una expedición para subir al campamento base del Everest y a la cima del Lobuche, una cumbre hermanita, de un poco más de 6100 metros; junto con otras 15 personas -que como nosotros- tenían familia, empleos y posiblemente la inquietud de que “si no hacían algo así ahora, jamás lo harían”. En ese momento se me abrieron los ojos un poco, sentí que energías viejas se movieron y que me empezaron a brillar los ojos. Me acordé de cuando escalaba montañas 15 años atrás. Había subido montañas, caminado y acampado varios días a la vez, cuando viajé meses en carro por Sur América y saboreé la libertad de estar con la naturaleza. Todo eso lo recordé y quise de repente romper con el molde de mi vida, decir que sí.

Los entrenamientos que hicimos en Suesca, la Sierra Nevada del Cocuy y el Parque Nacional de Los Nevados nos dejaron verdaderas lecciones de vida y algunas buenas historias. Una que causa risa hoy en día, pero nos dio bastante fuerte en su momento, fue una noche que dormimos encima del glaciar en el Nevado del Ruiz. Esa noche hubo tormenta de viento y nieve, y la carpa en la cual estábamos se fue lentamente doblando con el peso de la nieve y con la fuerza del viento. ¡Terminamos los 4 acostados boca arriba, empujando el techo de la carpa toda la noche con las piernas para que no se nos cayera encima!

Grandes aprendizajes de vida me dejó el tomar conciencia de mi cuerpo, caminando entre montañas. En una de esas caminatas de más de 12 horas hasta el Nevado Pan de Azúcar del Parque Nacional Sierra Nevada del Cocuy, me pregunté: ¿qué pasa si abordo esta montaña desde la no exigencia? Desde la no exigencia significa que estoy presente en el momento, sin pensar en si lo estoy haciendo bien o mal, sin pensar en que tengo que llegar a alguna parte… Sin cargarme de emociones y conversaciones internas. Saboreando los olores, colores y sensaciones del camino. Definitivamente, asumir estas montañas desde la no exigencia significó volver a aprender a caminar, a callar la mente cuando empezaba con sus manías, y a abrir bien el corazón. Y fui viendo como poco a poco, en cada paso, con cada respiración, entre más caminaba más liviana me sentía y más presente estaba.


Otro paso fue integrarme un poco más en mis aspectos femenino y masculino, lo cual es importante si se desea cultivar un liderazgo auténtico con uno mismo. Yo había desarrollado mucho mi lado masculino, ese ser asociado con la barraquera, mujeres que exhalan independencia y suficiencia, y que abordan retos y ejecutan desde lo racional. Con el ser madre -y con las montañas-, empecé a cultivar más lo femenino, cada vez honrando más mi intuición, mi profunda conexión y casi veneración hacia la naturaleza. Y eso es algo que vine a hacer en esta vida, a ir desarrollando un liderazgo auténtico sin masculinizarme, sin competir y desde un balance interior y una integración de varias facetas en mí misma.

El viaje mismo al Lobuche fue una experiencia única e increíble. Viví plena en esos 28 días. Agradecí todo. Agradecí especialmente el tener un cuerpo para poder caminar cada paso que di en ese camino. Luego de pasar por Nueva Delhi y Kathmandu, llegamos en avioneta a Lukhla, un lugar suspendido entre dos montañas enormes y ahí se acabó el pavimento. Solo caben caminantes y yaks, animales que parecen un cruce de búfalo con alpaca y que sirven de carga y de alimento para los sherpas, noble estirpe de caminantes de las bellas montañas de Nepal.

Cada día caminábamos entre caminos de piedra labrada, entre monasterios y stuppas, y pasábamos por pueblos hechos de piedra y madera pintada de colores que parecían de cuento de hadas. En el fondo, enormes montañas majestuosas nos saludaban. Caminábamos entre 5 y 7 horas e íbamos ganando en elevación para ir aclimatando el cuerpo. El disfrute y los paisajes eran tan increíbles que no nos dábamos cuenta que íbamos haciendo la mejor aclimatación posible para la escalada final. Caminamos de subida una semana, hasta llegar al valle donde se encuentran el Everest y su hermana menor, el Lobuche.

La escalada del Lobuche fue un esfuerzo grande, la culminación de todo ese proceso previo de más de seis meses de preparación. Desde la lejanía, se veía demasiado y peligrosamente empinado. A medida que nos acercábamos, empezamos a ver el camino. Y subimos todo un día entre las piedras y los precipicios. Esa noche, acampamos al borde de la nieve. Arrancamos nuevamente a caminar a las 4 de la mañana. Recuerdo el amanecer más espectacular de mi vida, viendo al Everest desde nuestra montaña y una vista de montañas enormes.

Después de horas de esfuerzos descomunales, llegué a la cumbre. Pisé los escalones hechos en nieve que los primeros habían dejado. Subí una vertiente empinada y glacial. Quise llorar de agotamiento. Miré a mi alrededor y sentí un extraño vacío, un silencio en el alma. En la cumbre del Lobuche, bella montaña himalayense, rodeada de mis amigos y coexpedicionarios, y de hermosas montañas, mi aire interior se mezcló para siempre con el vaho nepalí de hielo, roca y sol. Hubo reconocimiento y familiaridad en mi alma.

Durante el proceso pensaba que esta experiencia era como poner mi vida en pausa para luego volver a la vida cotidiana con algunas herramientas más de liderazgo. Pero no podría haber estado más equivocada. Lo que vivimos me marcó profundamente. Me mostró que estas experiencias te siguen transformando el resto de tu vida, si las dejas.

Y esta fue la primera piedra en la construcción de un nuevo estilo de liderazgo personal. Conocerme, darme permiso de ser, fluir y sentir, hacer las cosas no por responsabilidad sino por amor. Que sepa que en mí yace el poder de la transformación. Que sea más creativa y audaz con mis ideas y mis propuestas. Que la risa y la magia se conviertan en mis amigas. Y que mi mirada hacia la vida se convierta en lo que dijo uno de nuestros sabios coexpedicionarios: “mirada de paseo”.

Un abrazo fuerte,

Alejandra

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