¿Por qué hablar de lo femenino? Una mirada a nuestras historias.

¿Por qué hablar de lo femenino? Una mirada a nuestras historias
Imagínate dos hilos de ADN. Ambos se entrelazan, el uno con el otro, para conformar esa hermosa imagen de escalera en espiral que todos conocemos. Ahora imagina que uno de los dos lados se fuera poco a poco deteriorando, debilitando, socavando. ¿Qué pasa con tu imagen? Inevitablemente, esa escalera se va contrayendo y cayendo sobre sí misma.
Y así es como construimos nuestra sociedad imperante desde hace 2000 años. Con un lado más débil que el otro, fuimos construyendo mayoritariamente sobre un lado de la espiral, mientras que dejamos de alimentar y nutrir la otra baranda de la escalera que nos sostiene. Y por eso, estamos llegando a una situación insostenible sin precedentes cuyos síntomas incluyen el cambio climático, la escasez de nuestros recursos naturales, y la contaminación de nuestro planeta.

 

¿De qué estoy hablando?
Las civilizaciones más antiguas se inclinaban a la Madre (o lo que se refiere como lo “femenino”). Las primeras civilizaciones que surgieron en Egipto, India, y Grecia, así como las sociedades indígenas de nuestro continente, fueron civilizaciones prósperas y abundantes. Ellas veneraban a la Madre Tierra y entendían la conexión intima que tenemos los seres humanos con nuestro planeta. Crearon símbolos y diosas, rituales para nutrir y regular a los elementos y una fértil expresión espiritual, alimentando su conexión con la tierra, las semillas, y los ciclos naturales. Las mujeres tenían un papel importante en el cuidado de estos elementos, y como sacerdotisas cuidaban el fuego, iniciaban a los hombres en temas sagrados y espirituales, y compartían saberes sobre el cuidado y salud de la comunidad. Fueron sociedades más igualitarias, y fue en la antigua Grecia que surgió el primer modelo de la democracia (palabra que proviene del griego demos = personas y kratia = poder, literalmente significa el poder de las personas), el cual inspiró nuestros modelos de gobierno más recientes.

 

Y luego la balanza se empezó lentamente a inclinar hacia el otro lado. Por un lado, la antigua ciudad de Roma y la Iglesia Católica comenzaron a centralizar un nuevo tipo de poder, basándose en controlar a la Madre Tierra, buscar el dominio de lo racional sobre lo emocional y corporal, y erigir estructuras de dominio conocidas como “masculinas”.
Lo más importante es que, como sociedad, cambiaron nuestras historias y narrativas. Pasamos de venerar a la Madre e inclinarnos hacia ella, sus ciclos, y elementos naturales, a priorizar el dominio del hombre, su control sobre la Tierra y su mente.

 

Un mito que ayudó a quebrar las narrativas anteriores fue el que explica el nacimiento de Roma. Se postuló que los semidioses romanos Rómulo y Remo, quienes fundaron la ciudad, no tuvieron madre entonces fueron criados y amamantados por una loba. En ese momento de la historia se generó en las narrativas y simbología, una ruptura con la Madre. Roma y sus estructuras de poder fueron construidas sobre esta mitología que afirma la dominancia de lo masculino sobre lo femenino.

Otra narrativa fue forjada por la Iglesia Católica y sus textos sobre las mujeres. Primero, afirman que la mujer nació de la costilla del hombre y fue hecha para servirlo. Segundo, cuentan cómo fue Eva la que incitó a Adán al pecado comiendo de la manzana de sabiduría que le ofreció una serpiente, y que el castigo dado por Dios fue tener partos con dolor. Esta imagen es poderosa, porque no solo refuerza que las mujeres con conocimiento son subversivas, cosa que luego fue llevada a extremos durante la Inquisición, sino que se resignifica a la serpiente, que fue símbolo antiguo de transformación y espiritualidad en las antiguas civilizaciones matrilineales, a verlo como instrumento malévolo. El arte y las imágenes que hoy existen en la Capilla Sistina refuerzan y perpetúan estas historias.

 

 

Una vez establecidas las nuevas narrativas, se empezó a justificar un nuevo modelo de poder y domino de explotación de lo femenino. Se implementó a gran escala un sistema de colonización, explotación y dominio sobre la Madre Tierra que consiste en invadir y saquear a la Madre tierra, las culturas indígenas y a los cuerpos de las mujeres, los cuales se convirtieron en un bien robable y violable por los hombres. Este modelo de poderío y dominio continúa hoy en día: lo único que ha cambiado han sido las herramientas y armas cada vez más sofisticadas con las cuales se practica.

 

-Escultura del Rapto de Las Sabinas.
Entonces nuestra civilización se ha dedicado a fortalecer desproporcionadamente un lado de la espiral, el lado que tiene que ver con la razón y la mente, controlar y planear el futuro, el dominio y la explotación. Y ha dejado de ver y nutrir el otro lado, el cual tiene que ver con la veneración a la vida, a cuidar el presente, a nutrir a la Madre Tierra, y al mundo de las emociones, al cuerpo y sus sentidos.
¿Por qué es importante ver nuestra historia?
Porque si nos imaginamos peces, el agua de nuestra pecera consiste de todas esas narrativas e historias que nuestros antepasados sembraron y que continúan alimentando nuestra agua. Nuestro ADN contiene trazos de todo esto, nuestras abuelas y abuelos vivieron y creyeron en estas narrativas. Este es el agua de nuestra pecera, lo que llamamos un “paradigma”.
Haz un ejercicio. Siéntate con esto, imagina tu pasado, tus antepasados y/o tus vidas anteriores si eso crees, siéntate con tu historia.

 

Nosotras, como mujeres, tenemos la capacidad de nutrir el otro lado de la espiral, de recrear y rescatar historias antiguas sobre lo femenino, y de balancear los dos lados de lo “femenino” y lo “masculino”, para recrear una sociedad viable, próspera, abundante y con mayor equidad.
Alejandra.

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