Recorro viejos caminos, pero sintiendo brotar algo completamente nuevo. No es lo que estoy haciendo lo que se siente tan distinto, es más bien una manera de ser. Siento que coincide con el hecho de que, como mujer, atravieso el comienzo de la menopausia, donde mi cuerpo y mente se transforman, maduran y se empoderan.
Este estado hormonal, físico y espiritual, lejos de debilitarme, me abre un portal de autoconocimiento y autocuidado mucho mayor. Y ahí me he abrazado con todo lo que es mi cuerpo femenino, para volver a despertar a mi útero, hermoso centro de creación y conexión mística, el cual ha estado más en función de los demás —hijos y proyectos. Este momento de mi vida ahora me permite destinar mi cuerpo completo como canal misterioso y hoguera personal a mi propio placer, liberación y disfrute, y así, un maravilloso y placentero día a la vez, voy liberándome de cargas, mandatos, creencias y cicatrices. Sanando desde adentro hacia afuera.
Mis cicatrices las he llenado de más amor, más creatividad y más belleza. Llenando mis grietas con el oro de mi amor y la savia de mi presencia.
También siento que este momento coincide con alineaciones astrológicas únicas y poderosas que me demuestran el camino del ser para el cual vine a esta Tierra en este momento de la historia. El comienzo de la Era de Acuario, y la entrada de Saturno en Aries, y la alineación del Nodo Norte con mi Medio Cielo son, para mí, que soy astróloga chamánica y evolutiva, un renacer en todo sentido. Lo siento como un despertar, una activación energética cósmica y única. Y mi cuerpo lo sabe. Mi intuición me trae poderosos sueños premonitorios que me hablan de una nueva era de amor, dulzura y florecimiento.
Mi historia de vida se va develando y convirtiendo en una película épica y única. Todas las historias y aprendizajes del alma, absolutamente todas las que he vivido, han sido la mejor medicina para mi crecimiento, sabiduría y expansión.
¿Qué es esto nuevo que brota? Es un suavizar de mis maneras de ser, conectando aún más con mi sagrado femenino. Es una entrega mayor a mi camino del amor. Es permitirme ser más vulnerable y transparente. Es brillar con autenticidad. Es importarme cada vez menos el qué dirán. Es cantar mis canciones y escribir mis escritos con irreverencia y liberación. Es ser una activista con mi voz, una que custodia la Tierra.
Es integrarme completamente conmigo misma, recibiendo a todas mis partes que antes estaban fragmentadas y no vistas: mi niña herida, mi víctima interior, mi saboteadora, mi tirana, mi perfeccionista.
He estado mirando las máscaras que he venido usando, y las cuales desarrollé para sobrevivir una niñez traumática y poder salir adelante en un mundo duro y exigente: la perfección, el control, la de \»yo me encargo\», \»yo puedo todo sola\», la de \»yo soy el premio mayor\», la de \»mírenme, acá estoy\». En un retiro intensamente hermoso en Yerbabuena, co-facilitado por mi hija, tuve un intenso encuentro con todas ellas.
Al principio, para mi ego fue bastante confrontante verlas aparecer entre recuerdos y heridas de la infancia. Y sin embargo, ahí estaban. Y a mis 53 años, seguían presentes. Mi deseo de verme bien, bajo control, juiciosa, en paz, tranquila y equilibrada —lo cual en mi juventud fue la máscara que usé para sobrevivir y ser exitosa en el mundo corporativo, financiero y ambiental— luego de muchos años y de hacer muchos procesos de sanación, se había metamorfoseado en una máscara de ego espiritual: decirle al mundo \»yo estoy bien, yo no necesito nada, yo soy autosuficiente, nada me perturba\». Una represa de emociones, que incluso sus procesos debía llevar con templanza, con suavidad y perfección.
La mañana del terremoto que sacudió a medio Colombia, estábamos haciendo un ritual de liberación personal y catarsis emocional que me ayudó a soltar estas máscaras, abrazarme completa, con compasión, y reencontrarme ahí con mi luz, entendiendo que en mi esencia hay un amor propio, imperfecto, ruidoso y hermoso que me habita. Hay cualidades de mi ser que trascienden y que hoy permito volar libres: mi intuición, mi respeto, mi creatividad, mi goce, mi arte, mi espiritualidad, mi trascendencia, mi gratitud, mi autenticidad, mi alegría, mi paz interior, mi magia, mi presencia, mi curiosidad, y mi capacidad de siembra. Entre muchas otras que he ido viendo en el camino.
Como lo dice mi mentora Lenka Lutonska, la luz y la oscuridad no son separadas, no pueden existir por separado. De hecho, es la misma energía, la cual se expresa de cierta manera hacia una polaridad. Como todo es unidad, entre más miramos nuestras sombras, más podremos liberar y permitirnos brillar de luz.
Somos un todo, somos parte de la misma energía. Volvámonos alquimistas internos, volvámonos magas y magos de nuestra existencia. Despertemos a ese observador consciente en nosotros. Y luego, al vernos desnudos y completos, llenémonos de amor por nosotros mismos, por la creación única que somos, por lo hermosamente rotos y cicatrizados que somos. Por lo vulnerables y efímeros que somos.
Finalmente, mi propio camino me ha llevado a querer integrarme más con mi energía masculina, interna y externa. Durante casi ocho años me enfoqué en crear espacios exclusivos para mujeres desde Academia Musas®, lo cual se convirtió en un importante semillero de sanación y transformación, donde generamos en comunidad un espacio para cuidar la germinación de una semilla de energía femenina en el mundo, salvaje y primal. Esta semilla femenina arquetípica nos llevó a crear programas que han tocado a miles de mujeres alrededor del mundo y han apoyado a más de 60 emprendedoras y empresarias a escalar sus empresas.
Sin embargo, a pesar de lo construido y vivido, sentí un nuevo rumbo interior a finales del año pasado. Primero, un llamado a crear un programa totalmente nuevo, que es Custodios de la Tierra. Segundo, mi llamado a integrarme mejor con la energía masculina, tanto la mía interna —mi proveedor sagrado, mi protector, mi amante interior— como mi relación con los hombres en mi vida.
Me sentí llamada a cocrear con lo masculino. Este llamado me ha abierto de una manera muy íntima y personal a recibir lo masculino aún más en mi vida, a conectar y soltar esa autosuficiencia de la guerrera árida en el desierto que logré ser durante muchos años. Abrir, confiar, soltar y aprender a recibir más que nunca. Abrir mi corazón, escuchar profundo, estar presente. Y así voy mejorando mi relación con los hombres en mi vida, como mi hijo y mi hermano, y voy creando nuevas relaciones que han enriquecido mi vida de maneras muy especiales.
También tenemos un lujo de mentores en Custodios de la Tierra, un contenedor que intencionamos para que lleguen hombres, empresarios y líderes que desean nutrirse profundamente, para potenciar sus vidas y proyectos desde una consciencia regenerativa, conectada, creativa y cuántica.
Con mucho amor y renacimiento,
Aleja Torres Dromgold




